Los edecanes

El origen de la palabra edecán

Allá por el año 1791 la Real Academia Española publicaba en Madrid la tercera edición del Diccionario de la lengua castellana. Allí aparecía un nuevo vocablo que, importado del francés, se había hecho un hueco en el día a día de la milicia española. El léxico versaba así:

Edecán según el diccionario de la RAE de 1791

Un término sonoro y de fuerte presencia que, como decimos, provino de allende los Pirineos, donde era utilizada al menos desde la década de 1660. Nuestros ancestros no hicieron más que escribir tal y como escuchaban, pues el original aide-de-camp no difiere de nuestra pronunciación más que el seductor acento francés.

Todo el siglo XVIII estuvo caracterizado por una clara influencia de la cultura gala en el resto de las cortes del continente, si bien en el plano militar lo prusiano se había impuesto desde 1760 gracias a las fulgurantes campañas de Federico el Grande, quien, curiosamente, había leído profusamente al Marqués de Santa Cruz.

A principios del siglo XIX los edecanes eran ya, por tanto, parte integrante de las maquinarias militares de la época, y de hecho una parte fundamental. Vamos a conocer un poco más sobre ellos.

La teoría sobre los edecanes

Como su propio nombre indica, un edecán o aide-de-camp es un ayudante de campo. En concreto un ayudante de un general, un rey, un emperador o, en la Francia del Primer Imperio, de un mariscal. Ningún oficial por debajo del rango de general de brigada contaba con edecán alguno en ningún ejército del periodo. Sabemos que las particularidades de cada Ejército nacional hace difícil establecer generalizaciones, pero podemos atrevernos a decir que los brigadieres contaban con un solo edecán, los generales de división –mariscales de campo en España- con al menos 3, y los tenientes generales y mariscales con unos 6. Estos números variaban con la importancia del nombramiento, pues un mariscal de campo podía estar al mando de un ejército o un cuerpo de ejército, en cuyo caso contaría con un número mayor de ayudantes. El mismo Napoleón contaba con varios edecanes, un estatus que confería un gran honor a su portador, pues le confería hablar en nombre del soberano. Los edecanes del Ogro Corso solían ser generales, algo que evidentemente no era habitual.

El coronel Heymès, de rojo, primer edecán del mariscal Ney. Maréchal Ney et ses aides-de-camp conduisant la charge de cavalerie à Waterloo, de Loui-Jules Dumoulin.

La realidad de las campañas

Todo esto era la teoría, pero la práctica era en ocasiones diferente. En la campaña de 1806 tanto Murat como Davout contaban con los 6 edecanes reglamentarios en sus designaciones como jefes de cuerpos de ejército. Sin embargo el barón de Marbot en sus Memorias nos lega muy interesantes aspectos sobre estos oficiales, como por ejemplo en la invasión de Portugal por Masséna en 1810. Recién terminada la Guerra de la Quinta Coalición, Marbot nos relata que una gran cantidad de oficiales habían quedado libres de asignación y, deseosos de ascender, muchos de ellos solicitaban ser enviados a la Armée du Portugal. Entre ellos los mejor situados en la corte pudieron ser colocados en el Estado Mayor de Masséna, llegando a disponer nada menos que de 14 edecanes. Ninguno de ellos llegaba al grado de coronel, por lo que el de más antigua graduación, el jefe de escuadrón Pelet, recibió el honor de ser el primer edecán. Entre los otros 13 se encontraba un corso pariente de los Ramolino –la familia materna de Napoleón-, un hijo de un senador del Imperio, un hijo del propio príncipe de Essling y otro del mariscal Oudinot, siendo este último un teniente recién ingresado desde la vida civil

Las funciones de los edecanes

El primer edecán, entre todos ellos, tenía prelación. Era quien tenía una relación más estrecha con el general al mando, y quien se encargaba de coordinar a los demás edecanes. De hecho la influencia de Pelet en la campaña citada mayor sobre Masséna que la de los comandantes de los cuerpos de ejército, entre los que se encontraba el mariscal Ney, o la de su propio jefe del Estado Mayor.

Podemos considerar a un edecán como un comodín en manos de su general. Sus funciones eran diversas, por lo que se esperaba que fueran personas de gran capacidad, entrega, ingenio y coraje. Entre las misiones que podemos citar están relevar a un comandante al mando de su unidad para una tarea concreta, liderar cuerpos de tropas reunidas precipitadamente para encarar una amenaza u oportunidad inesperada, reunir artillería para dar soporte a un ataque, abrir líneas de abastecimiento amenazadas, conducir reconocimientos a gran escala, tareas diplomáticas de no demasiada entidad, y transportar mensajes entre los cuarteles generales de dos formaciones, lo que en el contexto de la guerra en la península se convirtió, como veremos en un artículo próximo, en una misión casi suicida. Se consideraba que hablaban en nombre de su general, por lo que gozaban de gran autoridad, aunque en ocasiones despertaban recelos y en otras eran tratados con total descortesía por venir en nombre de un general non grato. Incluso tenían que llegar a comunicar destituciones, lo que podía ser incuestionablemente arriesgado frente a un poderoso general fuera de sí.

La relevancia del edecán

Comentadas las funciones más habituales, podemos citar algunas más de las que tenemos constancia en la campaña de 1805 y que dan idea de la trascendencia de la labor del edecán.

Antes de comenzar su cruce del Rin, Napoleón envió a Murat, Savary y Bertrand de incógnito a Baviera para recabar toda la información posible sobre rutas, puentes, vados, ciudades, distancias, etc., en lo que el corso vino a denominar ensemble du pays. El primero de ellos era ya por entonces mariscal del Imperio, los dos últimos eran edecanes del emperador.

Edecanes de los mariscales Victor y Berthier en 1810, por H. Vernet y E. Lami

Las recompensas

Realizar satisfactoriamente las misiones encomendadas reportaba rápidas promociones, pues no hemos de olvidar que su comunicación con el general al mando carecía de intermediarios. Eran mimados con ascensos rápidos, pero no eran regalados, tenían que ganarlos. Parece incoherente esto que decimos, por lo que trataremos de explicarlo. Un edecán tenía oportunidad más frecuentemente que otros oficiales de distinguirse frente a su general, ya que éste les asignaba cometidos de significancia. Pero evidentemente el edecán debía llevar a cabo el encargo con eficacia y eficiencia. Volviendo al barón de Marbot, sus memorias cuentan varias anécdotas de tareas que, de haberlas completado, sin duda le hubieran reportado un merecido ascenso, pero que no consiguió rematar. En una de ellas, siendo capitán y edecán del mariscal Lannes, recibió la orden de liderar el asalto de 8 compañías de granaderos sobre una brecha en el convento de Santa Engracia en el segundo sitio de Zaragoza. Su entusiasmo es palpable en el texto, pues tal contingente normalmente no era dado a un mero capitán, por lo que, de tomar el convento, daba por hecho el ascenso que una bala en el costado le impidió. No es probable que un capitán que no fuera edecán pudiera tener tal oportunidad.

elprimeredecan.es

Fascinante es la palabra que mejor define, a nuestro entender, el modo de vida y las aventuras de los edecanes. Por eso hemos dado su nombre a nuestro nuevo blog, a modo de homenaje pero también por tratar de heredar su intrepidez y su prestancia.

Os invitamos a sumaros a nuestra iniciativa, y os rogamos que nos dejéis ser vuestros guías en los campos de batalla que nos quedan por revelaros…

2 Comments

  1. Quetzal

    aide-de-camp

    Realmente curioso y con datos que desconocía.

    Cuenta con todo nuestro apoyo en este blog, para los amantes del periodo napoleónico.

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